“(…) En el perpetuo fluir del Universo, nada es y todo deviene, como anunció Heráclito de Efeso. Al par de lo cósmico, lo humano vive en eterno movimiento, la experiencia social es incesante renovación de conceptos, normas y valores. Las fuerzas morales son plásticas, proteiformes, como las costumbres y las instituciones. No son tangibles ni mensurables, pero la Humanidad siente su empuje. Imantan los corazones y fecundan los ingenios. Dan elocuencia al Apóstol cuando predica su credo, aunque pocos escuchen y ninguno lo siga; dan heroísmo al mártir cuando afirma su fe, aunque lo hostilicen escribas y fariseos. Sostienen al filósofo que medita largas noches insomnes, al poeta que canta un dolor o alienta una esperanza, al sabio que enciende una chispa en su crisol, al utopista que persigue una perfección ilusoria. Seducen al que logra escuchar su canto sirenio: confunden al que pretende en vano desoírlo. Son Tribunal que transmite al porvenir lo mejor del presente, lo que embellece y significa la vida. Todo rango es transitorio sin su sanción inapelable. Su imperio es superior a la coacción y a la violencia. Las temen los poderosos y hacen temblar a los tiranos. Su heráclita firmeza vence, pronto o tarde, a la injusticia, hidra generadora de la inmoralidad social (…)”
”Las fuerzas morales” (1923)
José Ingenieros. Argentino.