Poder y Estado
Enero 4, 2008
Por Ana Luisa De Maio
Entre Bakunin, Ricardo, Malthus y Fouchalt
Si seguimos transitando la línea de pensamiento y reflexiones citadas, por supuesto que el vivir en sociedad -lo hemos visto- hace que voluntariamente, en principio y como presupuesto de validez, decidamos subsumirnos en un concepto mayor como lo es el del Estado, como comunidad política y organizada. Va de suyo, que nuestra voluntad particular no siempre será coincidente con la voluntad general que determinará -o debiera determinar- cuál es la acción que mejor procura el bien de todos nosotros. Decimos particular y nos referimos no sólo al individuo en sí mismo, sino también a los distintos intereses de las minorías que conviven en cada Estado, formando la mayoría y el todo. Si la voluntad particular de cada una de ellas se impusiera sobre la de las demás minorías, no sería tampoco representativo de la voluntad general.
Estudiado el poder en las relaciones entre iguales, el compuesto mando-obediencia, mando-sumisión resulta ser fundamento de relaciones conflictivas que van desde la servidumbre y la esclavitud hasta la organización de crímenes aberrantes. Pero no es ese nuestro tema de estudio aquí, aunque coincidimos en que la liberalidad de nuestro pensamiento nos lleve a caminar por espacios que, calando hondo en nuestra sociedad, ha degenerado nuestra existencia nacional y adormecido en las conciencias, la idea primigenia del cambio cultural que se propone.
Si desplegamos raíces, encontraremos al Poder como necesario mecanismo de afirmación unilateral de uno sobre el otro, representando básicamente la relación dominante-dominado. Elemento esencial para quitar libertad e independencia, comprende los conceptos de dominio y subordinación, mando y obediencia, jerarquía y coacción. Pero - como se preguntó Mikael Alexander Bakunin- ¿qué es el Estado si no es la organización del poder? Porque el poder no admite un superior o un igual, no tiene otro objeto que la dominación que no es real más que cuando le está sometido todo lo que la obstaculiza. El poder tolera otro poder cuando se siente impotente para destruirlo o derribarlo decayendo y aceptando al superior. Admitir un poder igual es negar su propio principio de Estado y deviene en una amenaza perpetua contra su existencia: manifiesta y prueba su impotencia, y no lo permitirá.[1]
Inevitable nos resulta a este paso, marcar el pensamiento del “polémico” Michel Fouchault. Doctor en Filosofía, -que se consideró heredero directo de Emanuel Kant-, se preguntó - en una Conferencia pronunciada durante 1976 en Brasil - cómo era posible que la sociedad occidental en general, conciba el poder de una manera tan restrictiva, tan pobre y tan negativa, como regla y prohibición. Concluye que “debemos liberarnos” de la concepción jurídica del poder e intentar analizarlo en sus mecanismos positivos. Subraya que no existe un solo poder sino varios. Los define, claro está, como formas de dominación y sujeción que operan localmente en nuestra diario trajinar. Analiza que no todas son funcionales a un mismo modelo, sino heterogéneas entre sí. Por esta cuestión no comparte la idea de un solo poder, sino que “debemos hablar de los poderes o intentar localizarlos en sus especificidades históricas y geográficas (…)”.
Pero más allá de su texto discursivo y su nueva manera de analizar las cuestiones llegando hasta el paroxismo, nos interesa destacar unas simples definiciones suyas, que agregaron nuevos vocablos a la literatura que nos convoca, tal como lo es “la invención de la tecnología de la política”: por un lado,- la disciplina -, y por el otro, el descubrimiento de la regulación, y el “perfeccionamiento de una anátomopolítica y de una bio política”. Entiende a la disciplina como “el mecanismo de poder por el cual alcanzamos a controlar en el cuerpo social hasta los elementos mas tenues por los cuales llegamos a tocar los propios átomos sociales: los individuos”. Es lo que denomina “técnicas de individualización del poder”. Cita como ejemplos, el ejército y los modos de educación.
En cuanto a la “anátomopolítica y la biopolítica” relacionados con el funcionamiento del poder, nos advierte, que ya es reconocido que el encuentro del binomio individuo-poder, no consiste solamente en la posibilidad de recaudar bienes sobre el súbdito, ni obtener su “cuerpo y su sangre”, sino que el poder “se ejerce sobre los individuos en tanto constituyen una especie de entidad biológica que debe ser tomada en consideración si queremos precisamente utilizar esa población como máquina de producir todo: (…) riquezas, bienes (…) otros individuos”. Continúa explicando: “(…) la vida se objetó de poder (…) El poder lidia ahora con esas cosas reales (…) La vida entra en el dominio del poder, mutación capital, una de las mas importantes sin duda, en la historia de las sociedades humanas y es evidente que se puede percibir como el sexo se vuelve a partir de ese momento, el siglo XVIII, una pieza absolutamente capital, porque en fondo, el sexo está exactamente ubicado en el lugar de la articulación entre las disciplinas individuales del cuerpo y las regulaciones de la población(…)”[2] El pensador francés insiste en alejarnos de la concepción jurídica de la noción, pues ya le es insuficiente para su análisis.
Es verdad que el poder no sólo se da en la Estado- habitantes como estructura, es decir, el “poder político”. Existen los poderes sociales, económicos, de los medios de comunicación y en las relaciones personales… aunque pueda decirse de ellos que no cuentan con la exigibilidad del cumplimiento. Sin embargo, coincidiremos en que estamos frente a “poderes disfrazados”. Quizás, no sea tan nuevo el concepto como el léxico utilizado que subyuga. Su concepto anátomopolítica y bio político se asemeja a lo que Siglos atrás hubieron de escribir dos grandes pensadores del liberalismo económico A. Malthus y David Ricardo. “El hombre que nace en mundo ya ocupado, si su familia no puede sustentarle, ni la sociedad puede utilizar su trabajo, no tiene derecho a reclamar la mas mínima parte de los medios de subsistencia y es verdaderamente un ser superfluo sobre la tierra. En el gran banquete de la naturaleza no hay cubierto para él. La naturaleza le intima a retirarse y no tarda en poner por obra su intimación (…) Abandonemos a este hombre culpable, a la pena que la naturaleza le impone. El ha obrado contra la voz de la razón que le había sido claramente manifestada: no puede culpar a nadie: que se revuelva contra si mismo, si sufre las consecuencias de su conducta. No debe participar de los socorros de una parroquia. Es más, si la caridad privada le ofrece algún alivio, el interés de la humanidad exige que la limosna no sea demasiado abundante”[3].
“Cuando los trabajadores reciben una remuneración que les permite vivir con holgura tienen la tendencia a aumentar el tamaño de sus familias. Entonces el aumento de los trabajadores reducirá el salario. Cuando el salario disminuye se reduce la familia. De ahí que lo ideal sea un salario que sólo permita la perpetuación de la raza sin aumentarla ni disminuirla”[4].
Podría afirmarse que, en los hechos, la brecha entre las conductas de la sociedad y lo institucional, admite una “verdadera cultura de las apariencias”. Al decir de Alan Rouquie[5], las falsas ventanas del universalismo jurídico ocultan el particularismo de las relaciones personales y la fuerza.
No es extraño a esta aproximación conceptual, lo que venimos sosteniendo sobre el Poder expansivo del Estado, ya que la relación Estado- personas que lo componen lleva en su base la idea de desigualdad, que hace aparecer al Derecho como límite a su ejercicio enervándose como una forma indiscutible de presionar hacia abajo el despliegue de la exorbitancia -desigualdad a su favor- del Estado. “El poder muestra, además, su multiplicidad compleja por la proliferación de sus funciones. Es decir, el poder desarrolla las funciones de obtención (creación de resultados o destrucción de los mismos), las de promoción y las de subordinación. Las concepciones reduccionistas y unilaterales han adjudicado al poder solamente la ultima función: ser agente subordinador. Sin embargo, las relaciones de poder y las estructuras del poder muestran claramente la diversidad de funciones que el poder cumple. Y tanto como subordina, promueve. Y tanto como promueve y subordina, obtiene. Luego, el predominio de una u otra función, dependerá de la clase y tipo de poder utilizado, del campo, donde se lo utilice, de los objetivos y fines perseguidos”[6] ¿Es posible algún tipo de organización social, con ausencia de “poder”? Nos preguntamos en todo caso, sobre la manifestación de ese poder, o de que forma actúa sobre nosotros y se ejerce. Es que aparece siempre como una mochila que cargamos con pesar, pero ¿debería ser así? Permitámonos pensar, que seríamos capaces de exigir que ese “poder” actúe sumiso a nuestras necesidades y revertir los actores en esta relación subordinante. Difícil es imaginar de los Estados antiguos, medievales o modernos, no hayan usado “la conquista” para la dominación. Maquiavello enseña, por encargo, a su Príncipe un método infalible y fatalista sobre los distintos modos por los cuales llegar a aplastar a los pueblos. Bakunin se preguntó si es posible que estados fronterizos no se tienten con la posibilidad de la conquista mutua. Inquietantes tiempos.
Tal vez, el sometimiento de estados contiguos como símbolo de supremacía mundial sea aún evidente, tanto como e la sumisión de las voluntades de los hombres a un orden internacional que trata de convencerlos de que otra forma de convivencia no es posible.
[1] “El principio del Estado” M. Bakunin[2] Michel Fouchault. “Las Redes del Poder”. Conferencia publicada en la revista anarquista Barbarie Nro. 4 y 5, 1981/2, San Salvador de Bahía, Brasil).[3] “Ensayos sobre el principio de la población” A. Malthus
[4] ”Principios de Economía Política “. David Ricardo
[5] “Extremo Occidente”. Alan Rouquie
[6] “Política y Poder. Sergio Labourdette.
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